¿Por qué es una estupidez creer en los montajes de los alunizajes?

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Primero que todo aclaremos que no es privilegio de estúpidos creer en estupideces. Cualquier persona normal puede hacerlo sin mayor esfuerzo. Ni los títulos académicos ni el talento para esto o aquello en la variedad de la vida económica, social y cultural, te vacuna contra la eventualidad de contraer una creencia virulenta de cepa conspiranoica o cualquier otra tontería por el estilo. Así que ten cuidado, pues actualmente esta plaga se ha vuelto epidémica.

Sobra decir que “estupidez” es un término coloquial, sin pretensión de precisión científica. Pero eso no te salva de padecerla. Esto se debe a que el animal humano tiene un cerebro lleno de atajos que conllevan sesgos psicológicos y falacias de razonamiento o argumentación. Se conocen no menos de cien tipos de sesgos y otro tanto de falacias. El paseo por el sistema educativo no te vacuna porque no se enseña pensamiento crítico en la escuela o la universidad. Precisamente el entrenamiento en pensamiento crítico consiste en adquirir capacidades de detectar y contrarrestar los sesgos y falacias. La lógica, la teoría de la argumentación y el conocimiento científico ayudan, pero el entrenamiento es práctica y más práctica. En los conspiranoicos abundan los sesgos de confirmación, atención selectiva, disonancia cognitiva, entre otros, que generan incapacidad en evaluar las pruebas. Incluso una prueba en contra de su tesis pueden verla a favor.  Y no faltan las falacias y las mentiras ramplonas.

Si tú le dices a alguien que fuiste al estadio a practicar salto alto y que saltaste 1,50 metros de altura, y tu interlocutor te mira incrédulo y pone en duda que hayas realizado tal hazaña, seguramente le preguntarías, ¿por qué la duda? Entonces él te contestaría algo así como que sospecha que tú tienes intención de engañarlo, de ocultar la verdad. Y tú preguntarías entonces, ¿y cuál es esa verdad que quiero ocultar? A lo que él respondería: “¡en realidad saltaste 3 metros!  Eso sería una gran sorpresa para ti y de seguro pensarías, “este tipo está loco”, pues no te cree lo fácil, pero te atribuye lo difícil. Qué digo difícil, más bien imposible, pues 3 metros supera las posibilidades humanas.

Pues bien, eso es lo que sucede con tonterías conspiranoicas como “no creas que la Tierra es redonda, en realidad es plana” o “no creas que los humanos viajaron a la Luna, en realidad hicieron un espectacular montaje”. La planitud del planeta o la loca idea de un lunático montaje hacen referencia a cosas totalmente imposibles. Y como decía Carl Sagan, ante hipótesis extraordinarias hay que exigir evidencias extraordinarias. Cuando pides evidencias a los conspiranoicos -en gracia de discusión- la pobreza de las respuestas es total: pseudoexplicaciones sin fundamento para envolver incautos que desconocen el tema. Y también hay opinadores que opinan por opinar, sin haber siquiera investigado lo más mínimo.

Un elemental conocimiento de astronomía te permite verificar la redondez del planeta. Por ejemplo, fácilmente podrías repetir el experimento de Eratóstenes efectuado hace unos 2.200 años. Y si viajas a latitudes norte y sur puedes comparar el cielo estrellado, las constelaciones. O puedes construir un péndulo de Foucault. Hay decenas de maneras de probar la redondez de la Tierra, pero dile a un bachiller o incluso a un profesional que lo haga y es probable que no sea capaz. Esto lo que revela es una enseñanza dogmática en las instituciones educativas. La gente aprende que la Tierra es redonda, pero no aprende cómo comprobarlo, sólo lo recita. Entonces cualquier engatusador con una “teoría” conspirativa sobre cómo “el poder”, “las corporaciones”, “los illuminati”, “el gobierno” o cualquier otro monstruo difuso, quieren engañarnos y adoctrinarnos, puede convencerlos fácilmente, aunque ni siquiera tiene sentido para qué carajo podría servir tal engaño. Ni el uribismo ni el trumpismo, por ejemplo, necesitan de terraplanismos ni montajes lunáticos viejos para joderte aquí y ahora.

De hecho, una de las características de estas creencias descabelladas es que son frívolas, inanes, irrelevantes, en el sentido de que la gente puede dizque asumirlas y seguir haciendo su vida normal, trabajando 8 horas al día y viendo deportes por televisión, de la misma manera que otros creen en seres imaginarios, en fantasmas u otras supersticiones. Estos temas se convierten en conversaciones de salón, dónde nunca falta el tipo que se las tira de “sagaz”, el “astuto” que “no traga entero”, “el que sí conoce la verdad”. Si acaso es sincero en su credulidad entonces se saborea en la “superioridad” del que está “despierto” mientras los demás somos “sonámbulos” o “colonizados”.

De una década para acá este fenómeno se ha exacerbado, pues ya no son conversaciones de salón para hacerse el interesante, sino las redes sociales y sus viralizaciones masivas, pero igualmente superficiales. Este carácter frívolo que se le da al tema converge con la pereza mental y produce como resultado que la persona no investiga, no estudia, no experimenta, no digiere, no profundiza en el asunto. Todo se queda en un vacilón, pura inseriedad o ganas de joder.

Hace 50, años el mundo de la posguerra estaba trenzado en un escenario geopolítico bipolar entre dos sistemas y dos superpotencias: EEUU y la URSS. La carrera hacia la Luna tuvo más de motivación política que científica, pues la Unión Soviética había tomado la delantera con el Sputnik, Laika, Gagarin, Tereshkova, etc. La inyección de dinero a la NASA fue gigantesca como puede verse en la gráfica de su presupuesto que se multiplicó casi por 10 en esos años sesenta. Es un ejemplo claro de Big Science con un macroproyecto de I+D de proporciones mundiales (tipo proyecto Manhattan, Genoma Humano, Conectoma Humano, Brain Project). Cualquiera que haya gestionado proyectos sabe que las grandes inversiones se hacen al comienzo y tienen estricta vigilancia de gobiernos y legisladores. Decenas de miles de personas trabajaron en el proyecto, miles de proveedores se involucraron en su dinámica económica liderada por NASA.

La URSS, por su parte, hizo lo propio (mientras China vivía la “revolución cultural”), pero su músculo económico y tecnológico era menor, así que optaron por la opción robótica, pero también fueron a la Luna, trajeron muestras de rocas lunares (aunque en menor cantidad) en sondas no tripuladas y lograron prácticamente el mismo objetivo científico.

Pero la victoria política se la llevó EEUU con 9 viajes tripulados a la Luna entre 1968 y 1972 y 6 alunizajes en sendos puntos de la cara visible de nuestro acompañante. Sólo el Apolo 13 falló en la misión y seguramente todos hemos visto a Tom Hanks pasando apuros en, ese sí, film de Hollywood, que recreó la aventura maltrecha (moraleja: nunca te embarques en un viaje con Hanks). Así que según la lerda “teoría” del montaje, a la NASA no le bastaba con un montaje sino que hizo nueve!!!! Díganme si no es una estupidez semejante historieta traída de los cabellos.

¿Y por qué es imposible un montaje respecto a los múltiples alunizajes de 1969 – 1972?

Primero, porque es técnicamente imposible. La URSS tenía satélites, radares, espías y todo lo que se necesitara, para monitorear a sus rivales al milímetro, como en efecto hizo. Igual Europa y China. Pero qué curioso, los primeros interesados en desmontar cualquier montaje y dejar en ridículo a sus archienemigos, jamás lo hicieron. Por el contrario, en la abundante y barata literatura soviética y china que llegaba a Latinoamérica, nunca hubo una referencia al tal montaje, sino que simplemente destacaban sus propias hazañas tecnológicas. Más aún, unos pocos años después, en 1975, se dio una misión conjunta histórica, la Apolo-Soyuz, que coincidió con la derrota gringa en Vietnam, la muerte de Franco y otros sucesos. En esa misión conjunta, rusos y gringos tuvieron que intercambiar mucha información técnica, para poder articular sus equipos. Un colombiano de Univalle estuvo en ese proceso y en alguna ocasión nos contó la historia en una conferencia en la universidad. Y más curioso aún, es que el cuento burdo del montaje surgió décadas después, apoyado en una “razón” sembrada en la ignorancia. Me refiero a que ni EEUU, ni la URSS ni ningún otro país volvió a organizar un programa tripulado a la Luna y ese hecho lógico les parece “inexplicable” y “sospechoso”.  Por favor, ¿acaso se necesitan razones para “no ir a la Luna”? Cualquiera sabe que para invertir miles de millones de dólares en volver a la Luna lo que tendría que haber es una razón para ir, no se necesitan razones para “no ir”, pues ¡¡¡“No ir” no cuesta un centavo!!! ¿Se dan cuenta de las dimensiones de la estupidez en esos pseudorrazonamientos?

En segundo lugar, el montaje es psicológica, social y políticamente imposible. ¿Por qué será que aquellos a los que les encantan las “teorías” conspirativas nunca estudian o investigan seriamente cómo ocurre el fenómeno del secreto, el cheating, la conspiración, en la especie humana? Hay muchos trabajos de psicología experimental y neurociencias al respecto.

Como sabe todo el mundo, la conspiración más común es el cacho y casi siempre se descubre, a pesar de que involucra a pocas personas. Las conspiraciones exitosas en la historia han sido de un puñado de personas. Más de 100 personas es fracaso seguro o tiene que usar mecanismos como la compartimentación. Pero ésta salvaguarda cierta información, mas no puede evitar que todo participante sepa que está conspirando.

Si la curva de fracaso de las conspiraciones crece logarítmicamente cuando el número de participantes se eleva a varias decenas y se dispara cuando pasa de 100, queda claro que conspiraciones de miles de personas son totalmente imposibles, de ahí que nunca hayan sucedido. Así que ¡creer que al cabo de 55 años ninguno de los miles de conspiradores haya ‘sapiao’ o cometido un desliz, raya en la ingenuidad absoluta! Confabular a todos los congresistas (de la época y sus sucesores hasta hoy), todos los funcionarios, todos los técnicos, todos los científicos, todos los proveedores, desde aquella época hasta el día de hoy es un despropósito absoluto. Curiosamente las “revelaciones del montaje” nunca provienen de un gobierno extranjero o agencia internacional, o de algún científico o congresista, algún conspirador disidente, desengañado, ¡nada!, sino de agudos observadores de pantalla de computador que jamás han estado en la industria espacial o incluso de personas que ni habían nacido cuando se dieron los hechos de marras.

Fenómenos de engaños masivos como la religión o la dominación ideológica no funcionan como conspiración, y no deben confundirse con el tema de esta columna. En diversos casos de sectas sí vemos que a veces los líderes son cínicos no creyentes, pero no pasan de un puñado de personas que ponen a su servicio a decenas o cientos de engañados e incluso pueden llevarlos hasta el suicidio. A la postre, la conspiración queda desenmascarada. En la mayoría de las veces, sin embargo, los líderes sí se creen su propio cuento, en cuyo caso no hay conspiración. Si alguien conoce un ejemplo de conspiración masiva exitosa, que lo diga a ver y, de paso, que mencione el número de conspiradores. Yo no conozco ninguno. Para hacer un montaje de alunizaje tendrían que participar del secreto decenas de miles de personas que trabajan en la NASA, o con los proveedores, o en las oficinas del gobierno que vigilan a la NASA, y en el Congreso de los EEUU. ¿O creen ustedes que una institución estatal no militar puede gastarse la plata sin vigilancia?   Hubiera sido el caso de corrupción más grande la historia. La NASA es una entidad sometida al escrutinio público, de hecho vive de eso. Sus criterios de admisión no son militares (decenas de colombianos han trabajado allí). Cualquiera puede ver sus lanzamientos, y tiene millones de archivos accesibles al público, incluyendo los del proyecto Apolo.

En el campo militar hay diseños institucionales para la confidencialidad y el manejo del secreto, con ciertos controles especiales. Algo parecido pero menos riguroso sucede en la industria. Todo el mundo sabe que manejan secretos, aunque no se sepa la información concreta. Los que trabajan allí están sometidos a una serie de restricciones muchísimo más estrictas que la NASA (ver por ejemplo el proyecto Manhattan en plena guerra). Aun así son vulnerables a espionajes, disidencias, errores, hackers, descompartimentaciones, controles gubernamentales, investigaciones periodísticas, etc, y a la larga los rivales o enemigos tarde o temprano terminan accediendo a la información o al cabo de décadas se desclasifican los documentos secretos (ver por ejemplo los papeles del Pentágono sobre Vietnam). La NASA no tiene tales características. Mientras una institución militar no tiene que guardar apariencias, la NASA, si manejara un secreto, sí tendría que hacerlo. Eso la vuelve extremadamente vulnerable, mucho más que las instituciones militares.

Por último, la tercera razón no se refiere a la imposibilidad del montaje sino a la falsedad de la imposibilidad del viaje a la Luna. He conocido gente descrestada por conspiranoicos porque a través de ellos se enteraron de que existen los cinturones Van Allen y creían que era una información oculta. Sobre los cinturones de Van Allen has debido aprender en el colegio y si no lo hiciste no culpes a nadie más, sino a ti mismo. En cualquier libro de geología o astronomía o en videos documentales puedes aprender al respecto. Los conspiranoicos, que se lucran de su discurso, utilizan jerga técnica para engañar al lego con supuestas peligrosidades de los cinturones de Van Allen y cómo los astronautas se verían sometidos a radiaciones letales. Todo eso es carreta. Exageraciones de unas condiciones naturales que son técnicamente superables sin mayor dificultad. Una vez más: qué raro que los soviéticos nunca dijeran eso. Qué raro que nunca se mencionara hasta décadas después. Ni los cinturones de Van Allen ni ningún otro obstáculo es insalvable para un trayecto relativamente corto. Mucha mayor dificultad tiene la ida a Marte y ya está en la agenda. Ahora bien, si a usted le vienen con ese cuento, ¿qué le toca a hacer? Pues póngase a estudiar el tema en libros o páginas serios de geología o astronomía, antes que aceptar acríticamente esas “teorías” y ponerse a hablar estiércol.

No he mencionado todos los artefactos que quedaron en la Luna tras los seis viajes tripulados. Los “teóricos” del montaje pueden decir que fueron llevados por sondas robóticas. Es decir, el supuesto montaje sí habría implicado ir de todos modos a la Luna, como hicieron los soviéticos. Pero resulta que la gran complicación del viaje tripulado es que el peso de la nave se multiplica, lo que implicó la construcción del cohete más grande y costoso que ha existido hasta el presente, el Saturno V, todo ello por cuenta del bolsillo de los contribuyentes estadounidenses. Y todo para nada, para simular, para hacer una obra de teatro. Da es risa tanta estupidez.

Termino con algo serio. Supongamos que la humanidad no se extingue por ahora y que tampoco se cumplen los vaticinios optimistas de transhumanistas y posthumanistas. Imaginemos una sociedad en el año 3.000, o 4.000 o 5.000, que no sea muy diferente a nosotros a la hora de mirar la historia. Nadie se acordará de los Beatles ni de Pelé ni de Maradona. Tampoco de Hitler, Stalin o Nixon, pero sí de Gagarin y Armstrong. Los avatares de la política del siglo XX habrán sido olvidados como hoy hemos olvidado las pequeñas vicisitudes del siglo XI. Las guerras de Corea, Vietnam, Irak habrán sido casi olvidadas salvo para historiadores especialistas, y las guerras mundiales quizás serán recordadas como hoy las cruzadas, excepto por un hecho: la bomba atómica y Turing. Y es así porque todo el siglo XX será recordado como la época del despegue de la civilización tecnológica, con los siglos anteriores como meros antecedentes. La ciencia y la tecnología del siglo XX descollarán en el recuerdo (como buen recuerdo si todo salió bien o como mal recuerdo si el mundo se descojonó después) por encima de la política, las artes, el deporte o cualquier otro dominio humano. En especial 4 hechos: (1) el surgimiento de la informática; (2) haber abierto el núcleo del átomo; (3) la entrada en el reino molecular de la vida y (4) los viajes de animales terrícolas al espacio exterior. Los años de 1945, 1953, 1961, 1969 permanecerán en la memoria por los siglos de los siglos, al menos mientras haya humanos con capacidad de recordar. Son fechas de trascendencia cósmica, pues en ese pequeño lapso pasaron cosas que en 4.500 millones de años de historia del planeta no habían sucedido jamás. Los protagonistas de tales hazañas están iluminados con todos los reflectores de la historia del tercer milenio y milenios subsiguientes.

Frente a esta dimensión histórica de trascendencia imposible de exagerar, algunos cegatones pretenden banalizar lo asombroso de estos tiempos que hemos vivido con la ridícula historieta de una obra de teatro de Stanley Kubrick, realizada sin ton ni son, para disfrute de cien mil conspiradores dispuestos a quedar ante la historia como el hazmerreir de todas las generaciones futuras. Como suele decir Senior, “la estulticia no tiene límites”. Te la dejo ahí.

Por El Búho